El blog más punk de México y alrededores, me consta.
Aun recuerdo esas imposturas de lágrimas y sangre como si el accidente hubiera sido ayer. Me parece absurdo haberme metido a un ministerio público tres días después de que me partí el hocico con una escalera, y declarar todo respecto a las causas que sospechaba lo provocaron, es realmente ridículo verme hablando con una máquina de escribir tratando de inventar algo que me hiciera ver como una víctima y no hablar sobre lo planeado que tenía todo. No fue un plan si considero que lo inventé tres minutos antes de todo, y sí lo es, si considero que tenía planeado inventar todo tres minutos antes. Sólo perseguía un objetivo: caerme, romperme una pierna, hacerme una cortada en la cabeza y culpar de todo ese alboroto a alguno de mis enemigos (tenia que buscarlos, porque no me acordaba de ellos), pero el fin era no volver a soportar lo que llamé las saetas de unas lenguas ignorante, o sea, la bola aberraciones que escupían los cobardes que eran mis condiscípulos (si se puede decir que tenían una madrecita de disciplina) y mis bufones profesores. La máquina de escribir a veces se detenía para preguntar a su compañera, con un tono achilangado: “¿barandal se escribe con b grande o con b chica?” y le contestaba: “con b grande” ¿Cuál era más grande la V o la b
No soporté demasiado la atmósfera del lugar y las preguntas tuve que responderlas con historias espontáneas sobre mis enemigos escolares: que me odiaban porque creían que los insultaba y no les pasaba las respuestas de los exámenes de ética, o porque no les ayudaba a prender su computadora, o a sumar con los dedos cuando no les alcanzaban, o les decía niños raros porque leían a Carlos Cuauthémoc Sánchez y cuando pretendían una plática interesante hacían reseñas extensísimas de las pendejadas que escribe ese terrorista. Bueno, no conseguí enemigo particular cuando más lo necesitaba, así que culpé de complot contra mi integridad física a un compañero que tenía la próstata hundida hasta el colon y que sería un delito contra mis (1… 2… 3, si acaso 4 espectadores) amigos mencionar en este blog. La secretaria evitaba poner cara de: “este sujeto está inventando todo” y se limitaba a seguir escribiendo mi dictado.
Yo no quería estar allí, el plan ya había salido a la perfección, no importaba a quién culparía no se me iban a reponer los dientes flojos y el bezo purulento de la frente, además del tobillo roto y el brazo derecho con una fractura de tallo verde. Todo estaba bien, en esos momentos yo debía de estar escuchando los ronquidos, perdón, berridos de mis profesores de primer semestre. ¡Pero no! Estaba un poco más feliz dictando tanta mentira. Todo iba bien, el dolor era necesario para conseguir lo que quería, mínimo un mes de vacaciones y con suerte reprobar el semestre y con mayor suerte darme de baja en la escuela para no volver jamás. No importaba que esa declaración obligada surtiera algún efecto, todo era correcto si yo hacía l o que quería. Los culpables ya no eran parte del plan. Los golpes serían temporales y me darían tiempo para hacer lo que más me gustaba, no era suicida, era por amor a mi salud mental, no quería terminar loco por tanta contradicción.
Y ya que estoy por salir de la cloaca esta, que se han atrevido a llamar escuela, estos recuerdos me provocan risa, casi carcajadas, y más cuando mi plan se frustró a la semana porque a ningún médico se le ocurrió decir la esperada palabra: “reposo”.